Desde el blog de Alejandro Rozitchner veo una entrada perfecta para explicar lo que soy, ateo. Lo que somos muchos. Los que creemos en nosotros mismos en lugar de caer, como dice él, en el truco de la fé. Paso a transcribir algunas partes interesantes:
Que [la vida] no pueda comprenderse no quiere decir que haya que apelar a dios, hay que entender y aceptar que la vida no es un fenómeno para comprender sino para experimentar, es plena en sí misma y no va a dar a ninguna parte. Tras la muerte, nada.
Aquí es cuando los religiosos dicen: «¿entonces no hay nada más, es sólo esto la vida, este pasar y perderse, todo esto para nada?» Y donde un ateo debe responder: «¿qué, te parece poco, querías más, te hace falta más?»
[...] los creyentes creen que sin religión no hay valores. Pues se equivocan, pretenden adueñarse de los valores como si estos no pudieran surgir de donde surgen realmente, de perspectivas humanas consensuadas a veces y a veces no.
[...] Los ateos no creemos, no tenemos la estructura de la fe para encontrar el sentido de la vida. El sentido está [en nosotros mismos] sin que haya que recurrir a ninguna inmaterialidad innecesaria. [...]
[...] ¿Podría yo, ateo, salir los domingos por el barrio para decirle a la gente que no necesita esconderse tras el truco de la fe?
Recomiendo su lectura, no sólo para los ateos, también para los creyentes que nos critican. No pretendo que todo el mundo se haga ateo (aunque pienso que sería lo mejor para todos) pero me gustaría tener el respeto que ellos demandan por nuestra parte. Lean lean, por favor.